Un oasis en São Paulo

Estoy ahora en el Centro Pastoral Santa Fé en el noroeste de São Paulo. Es un centro que han construído los jesuítas, con mi tío Miguel a la cabeza, en el que los jóvenes de las barriadas pobres y favelas de las afueras de São Paulo pueden formarse para luego integrarse en el mercado laboral.

En São Paulo viven más de 15 millones de personas y la población no deja de crecer. Hay mucho desempleo y la mayor parte de las veces los jóvenes pobres no tienen muchas salidas más que delinquir para ganarse la vida y drogarse para pasar el rato. Hoy he podido ver a unos cuantos niños absorbiendo aire de la botella de cola para mantenerse colocados y olvidar así el hambre. Mucha gente llega a esta ciudad con la esperanza de una vida mejor que la del campo y se encuentra una mucho más difícil.  Paradójicamente, São Paulo es la ciudad más rica de Brasil y el motor económico del país.

Pues bien, en este océano de pobreza y desesperanza se encuentra este centro que ofrece formación gratuita a jóvenes de más de 12 años que cumplan dos requisitos: que sean pobres y que tengan ganas de trabajar y de salir adelante. Aproximadamente, sólo pueden ser admitidas el 10% de las solicitudes ya que no hay sitio para todos. Unos 1.200 alumnos estudian aquí cada año y la mayor parte de ellos consiguen un trabajo digno. Les dan cursos de refuerzo, de formación profesional y de acceso a la universidad que les permiten tener muchas más posibilidades de conseguir un empleo.

El trabajo que hizo aquí mi tío me ha dejado muy impresionado. Antes de llegar él había un edificio pequeño que los jesuítas utilizaban para formarse en un terreno grande en las afueras de São Paulo. A mi tío se le ocurrió construir un centro de formación para jóvenes consiguiendo la financiación necesaria con la venta de una parte del terreno. Sus superiores aceptaron. Consiguió vender el terreno a una empresa de distribución y con la pasta se puso manos a la obra. El resultado es increíble. El centro tiene de todo: aulas de informática, talleres de arte, teatro, un aditorio, instalaciones deportivas, huertas, animales, autobuses para recoger a los alumnos, no se cuantas habitaciones con capacidad para 300 personas, etc. Está todo montado y organizado a la perfección porque la gente que trabaja aquí lo hace altamente motivada porque forman parte de algo que está ayudando a mucha gente a salir adelante. Además el centro acogió hace unos años un campamento del Movimiento de los Sin Tierra durante 6 meses que estaban luchando por conseguir un terreno cercano para vivir y cultivar.

Cuando llegué aquí con mi tío me dí cuenta de que esta gente le adora. Conoce a todo el mundo, desde el manitas del centro hasta la cocinera, lavanderas, profesores, alumnos, compañeros jesuítas. Todos ellos le recibían con un abrazo enorme. Me dio mucha envidia.

El día de nuestra llegada coincidió con el del comienzo de los cursos del segundo semestre. Se hizo un acto para dar la bienvenida a los nuevos alumnos. Pero daba la sensación de que esos alumnos llevaban ya aquí tiempo porque todos estaban de lo más entregados. Nada de la típica frialdad del primer día en España. Aquí cantaron unas canciones, aplaudían a rabiar, etc. Estaban allí todos los nuevos alumnos y profesores. Coincidía también con que el centro cumple 10 años de cursos. Fue emocionante cuando sacaron a mi tío a decir unas palabras como el fundador de todo esto. Se emocionó al hablar de un chico que estaba allí y que había conseguido acceder a una buena universidad gracias al Centro. Antes era un chico negro de una favela pobre sin ninguna esperanza. Después sacaron a este chico y también se emocionó al hablar de mi tío y le agradeció lo que había hecho por él. Al acabar su discurso mi tío dijo algo así como: “Vosotros sois el futuro de Brasil porque vosotros sois quienes vais a hacer que las cosas cambien, los ricos no quieren cambiar nada”. Sus palabras calaron en los nuevos estudiantes del Centro. Lo peor fue cuando el acto estaba terminando y me sacaron a mí para decidir unas palabras como visitante español…Yo creo que no entendieron ni patata de lo que dije pero también me aplaudieron a rabiar con lo que yo me quedé tan contento.

Mi tío dice que esta obra no es más que una gota en un océano de desolación. Puede tener razón, pero esa gota es la única esperanza de muchos jóvenes de las favelas cercanos.

Que se lo pregunten si no a los miles de alumnos que ya tienen un trabajo decente.

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