Religión en Brasil

Pintar Brasil sin hablar de religión es dejar el retrato incompleto. La existencia de Dios para la inmensa mayoría de los brasileños es algo indiscutible. El 90% de los brasileños se declaran cristianos (75% católicos, 15% protestantes). El resto se reparte entre agnósticos y ateos (7%), seguidores del candomblé africano, budistas de la amplia comunidad japonesa, testigos de jehová y musulmanes, que son una minoría de unas 30.000 personas. El porcentaje de ateos es muy inferior a la media europea, un 25% fente a un 7%.

Un día mientras paseaba por Copacabana, en Río, me paré un momento a ver a un grupo de personas tocando diversos instrumentos y cantando. Al momento de pararme, una chica que estaba justo al lado me sonrió y comenzó a contarme quiénes eran. En resumen, hablaba de que pertenecían a una iglesia evangélista que trataba de hacer llegar la palabra de Dios y de Jesucristo a aquellos sitios donde no llegaba una biblia. En todo momento no paraba de sonreir y estaba acompañada de otra chica, también muy joven, que no hablaba pero asentía en todo momento a lo que su compañera me contaba. Al final de contarme todo lo que hacían me fue a dar algún documento para afiliarme o informarme y yo le dije que no era su público objetivo ya que no soy creyente. A juzgar por su cara se quedó bastante impresionada pero no dudó en intentarme convencer de la existencia de Dios. Utilizó el típico argumento de: ¿quién ha creado todo esto? Yo le respondí que era una pregunta muy compleja sobre la que trabajaba mucha gente desde que el hombre es hombre. Al momento su compañera me acercó una biblia y comenzó a leer el primer versículo del libro del Génesis. Le dije que no era necesario. Me recomendó leer con atención la Biblia y yo, al mismo tiempo, le recomendé El Origen de las Especies de Darwin.

Por cierto, hablando de este libro con una brasileña que se suponía tenía una buena formación académica, se rió de mí cuando le dije que creía en la teoría de la evolución. Me dijo que ella tenía claro que no había evolucionado de un mono. Por lo visto, gran parte de la población brasileña rechaza esta teoría y no se enseña en las escuelas.

Durante mi viaje he visto el papel tan importante que juega la religión en el día a día de los brasileños. Hay iglesias por todas partes, predicadores en televisión, la palabra Deus es una constante en cualquier conversación, frases de la Biblia en todas partes, ¡hasta en los guarbarros de los camiones!

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Mención aparte merecen las iglesias evangélicas o evangelistas que se propogan por Brasil rápidamente y que día a día le comen terreno a la Iglesia Católica. Están en cada esquina. Estas iglesias son muy criticadas por la pasta que manejan. Por lo visto, piden el 10% de los ingresos de sus feligreses. A juzgar por las enormes iglesias que construyen en algunas ciudades parece cierto que tienen mucho dinero.

Está claro que cuando peor lo pasa un pueblo más necesidad tiene de aferrarse a una religión. Estando en Marabá, una de las zonas más pobres de Brasil, acompañé un día a mi tío Miguel, un cura jesuíta, a una de sus misas y pude comprobar como para muchos de ellos era un momento de fiesta, de reunión con su comunidad. Cantaban canciones y hablaban públicamente de los problemas que les acechaban. En su infierno particular diario necesitan pensar que algún día habrá un juicio que les compense por tanto sufrimiento. Una niña madre soltera de 14 años con 2 hijos que trabaja 14 horas diarias para sacarles adelante no puede pensar otra cosa. Si no fuese alguna vez compensada de alguna manera, la vida para ella sería una tomadura de pelo. Sencillamente no se puede permitir no creer en un mundo mejor después de una vida terrenal de sufrimiento.

Para nosotros, sin embargo, desde nuestro cómodo “primer mundo”, no creer, es otro de los lujos que nos podemos permitir. 

No tiene nada que ver con Brasil, pero no puedo evitar comentar algo que he leído hoy y me ha impresionado mucho. He leído una noticia sobre un inmigrante africano que se ha quedado tetrepléjico después de una paliza que le ha dado un descerebrado de Alcalá de Henares simplemente porque es negro. La noticia en sí te abre las carnes, pero si encima resulta que el hijo de puta que le dió la paliza sigue suelto por las calles de Alcalá, solo puedes sentir impotencia, repulsión y desesperanza por el funcionamiento de nuestra justicia. En cualquier caso, por mucha justicia que se haga, nadie le va a devolver su cuerpo a a Miwa (así se llama el hombre que sufrió la paliza).

Me gustaría creer que se le compensará en otra vida, pero desgraciadamente, creo que no será así.

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